ZARAGOZA

El coso de la calle Pignatelli, tan elegante y agradable, acaba de echar el telón y con él se termina el carrusel agotador de las ferias de primera. Sabemos que la de Zaragoza es la feria mas difícil de montar porque llega a finales de temporada. Es la mas sangrienta porque los hombres están cansados y quieren lucirse en esta última oportunidad. Sabemos sobre todo que esta feria perdió relevancia estos últimos años y que el auge anti-taurino también había hecho mella en este bastión. Con estas premisas hay que juzgar lo que ha sido esta edición 2017.

En lo que respecta a los percances, este año también han sido muy duros y se han cebado incluso con los toreros mas firmes. Pensamos en primer lugar a Cayetano herido con una cornada de tres trayectorias y que un alarde de verdadero valor, mató al toro de Parladé cubierto por su propia sangre. Una marca de casta torero que impactó en una ciudad donde su padre, su abuelo y su bisabuelo –Niño de la Palma- fueron muy apreciados y su vergüenza torera respetada.

La grave cornada de un joven torero con mucha raza, José Garrido, llamó también la atención. Hubo también percances menores de subalternos y algunos accidentes que podrían haber tenido mayores consecuencias.

Por otro lado, es interesante observar la evolución en esta feria donde el toro imponente de trapío era temido pero también atraía menos público. La feria, esta vez, ha ido a mas y terminó con un llenazo como no se había visto desde hace lustros y dos llenos. Viernes, sábado y domingo, imposible encontrar una mesa en el “Mesón del Toro” y la barra de “La Taurina” era inaccesible. Zaragoza parece haberse reencontrado con su pasado: el de una historia popular con un entusiasmo espontáneo. El espectáculo propuesto encajó perfectamente con lo que se esperaba de él. No se vio ninguna manifestación antitaurina y las conversaciones en el “Tubo” siempre giraban en torno al festejo del día. Sin complejos, con naturalidad, y pese al nuevo reglamente prohibiendo la presencia de menores de 16 años, familias enteras ocuparon las gradas; entre las cuales, bastantes franceses.

Esta resurrección popular se debe a factores coyunturales sin duda alguna y para empezar a la crisis catalana donde los que no son partidarios de la secesión encuentran en la Fiesta Nacional un lugar para manifestar su postura. También se debe a la climatología, curiosamente clemente. Pero digámoslo también, bajo la impronta de Simón Casas este feria de ha dulcificado. Demasiado dirán algunos. Es cierto que la corrida de Núnez del Cuvillo fue muy justa de presentación y no fue prácticamente picada, pero también es cierto que el palco fue extremadamente generoso concediéndole un pálido trofeo a López Simón. Una oreja cortada en la primera parte de la feria tiene mayor peso que otra al final, con un público festivo y poco exigente. Pero el detalle no debe tapar lo esencial. El viernes pudimos cabalmente entusiasmarnos con la primera faena de Castella, la segunda de Talavante y el sábado con el buen toreo de Ginés Marín y el carisma sorprendente del inoxidable Padilla. ¿El público se equivoca? ¿Deben haber leído los seis tomos del Cossío para poder manifestar su entusiasmo?

Muy numerosos en las gradas de la Misericordia, los espectadores se fueron entusiastas y felices. Ello augura de un futuro mejor. Alegrémonos de ello.

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