QUÉ BUEN TORERO ES DANIEL LUQUE

Ser buen torero consiste en torear bien y con arte al manso y al bravo, al noble y al peligroso, al que embiste y al que derrota, al codicioso y al parado. Pues bien, en esa sazón se encuentra Daniel Luque. ¿Por qué no está en los mejores carteles de las mejores ferias? Dicen que por no haber salido a hombros de Madrid y Sevilla. Mentira. ¿Cuántos diestros mediocres no lo han hecho y sí lo están? Despachos, los putos despachos.

Por mi parte, prefiero ser sincero. Lo que ayer vio Madrid en el ruedo de Las Ventas fue a una figura del toreo en un cartel de segunda fila. En su primer toro, noble pero inválido, vio a un torero que con temple sanaba al enfermo. Y en su segundo, a un artista que ejecutó muletazos extraordinarios, que a las mediocres embestidas imponía un toreo de trazo maravilloso y, cuando el bicho se paraba, a un maestro que se cruzaba y toreaba a un toro descastado que no quería embestir. Cortó la última oreja de la temporada con mucha fuerza.

La corrida de los hijos de Salvador Gavira -tres cinqueños y tres cuatreños-, muy bien presentada, de impresionantes pitones, fue noble y con poca raza. Destacó el segundo toro, un bravo con clase, y el peor fue el sexto, un manso con genio. Con el bravo fracasó Sebastián Ritter, y en el otro se justificó, aunque dio una vuelta al ruedo por su cuenta, muy protestada. Por el contrario, causó muy buena impresión el sabroso trazo de Javer Jiménez, con capote y muleta.

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