RENACIDA FRESCURA

La corrida del pasado viernes en la Feria del Pilar nos trajo el agradable regusto de ver a un Andrés Roca Rey exhalando de nuevo esa frescura que, de su mano, perfumó el toreo en su etapa de novillero arrasador y en los inicios de su andadura como matador de alternativa.

Solvente, capaz, ilusionado y nada reticente a practicar esos alardes que bien le sirven de aderezo a la profundidad de su toreo fundamental, llenó su actuación con la mágica luz de quien ha vuelto a recobrar su primavera. Soplo de toreo fresco con el que ya consiguió poner la plaza en pie en un quite por gaoneras que, sin exageraciones, bien puede calificarse de histórico, pues ligar  –riñones encajados y quieto como una estatua– media docena de lances al estilo Gaona sin enmienda alguna es algo que en mi larga vida de aficionado sólo vi hacer una vez, a un astado de Guardiola, al novillero Antonio Batalla en la plaza de Huelva. Corría por entonces el almanaque de 1965. Después, hasta este viernes, ni una vez más.

No todo quedó en eso. Después vendría su toreo de muleta, sus pases cambiados por la espalda arrancando alaridos de la grada, su toreo templado y profundo de mano baja tanto con la zurda como con la diestra. Todo hasta que, más pronto que tarde se le apagaron los toros, dando paso así al alarde de valor que estima en centímetros la proximidad de los pitones –la mucha leña de sus toros en esta ocasión– sin que a sus alamares se les encogiera el brillo; mas, por encima de todo, me quedo con la impresión de estar otra vez ante ese torero capaz de darle una nueva vuelta de tuerca al toreo para que siga evolucionando hacia nuevas fronteras.

Fue todo un reencuentro con aquel Roca Rey de antes de la concatenación de percances que, más que encenderle el pilotito del instinto de conservación, metieron en su cabeza la necesidad de salir por su pie de las plazas; de lograr hacer su toreo, sin la “obligación” de visitar la enfermería y abundar en su trato con los médicos. Todo eso aviva incertidumbres y resta confianza. Y no me refiero sólo al valor, sino, por encima de todo, a la inseguridad que se vuelca sobre su mismo concepto del toreo; inseguridad que hace que el torero pierda el sitio y empiece a ver turbio lo que antes estaba claro, y que, en el caso de Roca, le brindaba hacer posible lo imposible.

Ya el pasado año tuvo que cortar la temporada a consecuencia de los percances sufridos en Málaga y –nada más reaparecer– en Palencia. Así y todo, comenzó muy bien la actual campaña con éxitos en Valencia, Sevilla –una plaza que lo mira con lupa– y la oreja al manso de Madrid. Pero llegó junio y el día 22 un burel de El Pilar lo corneaba en Badajoz, para, sin solución de continuidad, volver a caer herido en Pamplona por un toro de Jandilla. Percance de pura mala suerte al entrar a matar, pues, por rompérsele el estoque quedó los instantes precisos en la cara del toro para que éste le acertara en el muslo; en cualquier caso, otra herida más –y seguida– que añadir a la serie.

Cuando volvió a los ruedos, sin dejar de ser Roca, no era el mismo. En Huelva y en El Puerto –donde volvió a sufrir una fortísima voltereta, aunque esta vez sin consecuencias– dejó constancia de ello. Se vislumbraban dudas, donde antes certezas, y cierto conformismo, en toros que antes le hubieran valido para el triunfo.

A partir de ahí, fue recogiendo experiencias, ordenando ideas y se propuso la meta de volver al punto de inicio cumpliendo el objetivo añadido de que no lo cogieran los toros. A medida que esto sucedía, fue ganando en confianza, en frescura, en lozanía y, como tiene un valor fuera de serie y una afición paradigmática, volvieron los ojos a poblárseles de brillos de triunfo, de sueños y esperanzas, de metas que había que conquistar.

Así lo vi yo en Zaragoza: con esa ilusión, con esa torería, con esa juventud apabullante que aspira a lo más alto y en la empresa se empeña. Ahora le espera América y, meses más tarde, con los heraldos de la primavera, regresará a España. Entonces, volveremos a hablar.

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