VICTORINO

La llamada “Corrida total” de Illescas, celebrada el pasado sábado, se convirtió, desde el minuto de silencio en su memoria al término del paseíllo, hasta la explosión triunfal del epílogo, con dos toreros y el mayoral de la ganadería a hombros de la afición, pasando por el indulto del toro “Jarretero” a manos de Pepe Moral, en un multitudinario, extraordinario y sentido homenaje a la figura del ganadero fallecido el pasado martes, 3 de octubre.

Tal día se clausuraba una vida dedicada al campo y al toro; un ejercicio de superación, agudeza y acierto que transmutó a un osado tratante, capaz de juntar bajo su propiedad los distintos desguaces de una ganadería en el desahucio, en un criador de reses bravas aupado con ellas al puesto más cimero que ganadero alguno ha conseguido en estos últimos cincuenta años.

Victorino Martín Andrés, inteligente, activo, pícaro y luchador de fondo, consiguió dar lustre a su mote de “paleto de Galapagar” para transformarse, junto con Domingo Ortega –también llamado “paleto de Borox”– en uno de los dos “paletos” insignes con que cuenta la historia del toreo. Y él, sin duda, con el logro añadido de hacerse acreedor al título de ganadero más mediático de todos los tiempos. Victorino fue un personaje que, con total clarividencia, hizo de la prensa especializada un trampolín para lanzar al estrellato su persona y su ganadería.

Claro que no todo era humo publicitario. Lo que su aguda campechanía “vendía” a los medios se sustentaba en la realidad sin paliativos que la lidia de sus toros brindaba en los ruedos. Victorino consiguió que el público estimara igualmente sus “alimañas” que sus toros de bandera. Hombre acusadamente carismático, trasladaba a sus reses, a través de sus criterios de selección, la personalidad que le asistía, esa casta indomeñable que era condición necesaria para poder pasar el fielato de la tienta y esa humillación que él buscó siempre tanto en el toro de largo recorrido como en el tobillero que se quedaba en las mismas zapatillas.

No fue el suyo un camino de rosas, de ahí el mérito de ir escalando, con esfuerzo, sacrificio, algún punto de locura y un poquitín de suerte, la escalera que, peldaño a peldaño, iba a darle entrada en el mundo inmortal de la mitología.

Un camino que iniciaba su rosario de carteles el 27 de agosto de 1961 en la inauguración de la plaza de San Sebastián de los Reyes y que terminó para él el pasado 30 de septiembre en la clausura de la temporada de Mont de Marsan, donde Emilio de Justo y Manolo Vanegas pasearon de sus reses las últimas orejas de las que tendría noticia. Justo al día siguiente, Victorino padecería una crisis cerebrovascular de la que ya no se recuperaría. En su palmarés, cincuenta y seis años de andadura, de los que 50 vería anunciada la ganadería a su nombre.

En todo este trajín de corridas, viajes y avatares, figura un elevadísimo número de efemérides triunfales, entre las que, por su singularidad, voy a resaltar únicamente tres: la inolvidable tarde del 1 de junio de 1982, en la que tuvo lugar la denominada “corrida del siglo”, cuyo colofón con Ruiz Miguel, Luis Francisco Esplá, José Luis Palomar y el propio Victorino en hombros por la Puerta Grande queda para la historia; el indulto del toro “Belador” cuarenta y ocho días más tarde en Las Ventas –único toro indultado hasta la fecha en tal plaza– y el indulto de “Cobradiezmos” en la Real Maestranza de Sevilla el 13 de abril del pasado año: el pañuelo naranja más merecido que he visto ondear en un palco de presidencia. Criar un toro así ya compensa por sí solo todos los esfuerzos que jalonan la vida de este irrepetible ganadero galapagueño.

Descanse en paz y en gloria.

Comments are closed