LOS “SOBAQUEROS”

La convocatoria ideada por Plaza 1, la empresa gestora de Las Ventas, para recuperar en el nuevo coso de Vistalegre aquella “Oportunidad” que se sacaron de la chistera Domingo Dominguín y los hermanos Lozano con la colaboración del diario ‘Pueblo’, en la primera década de los años sesenta, hizo que me quitara más de cincuenta años de encima y evocara aquellas nocturnas de los sábados, televisadas en directo, donde al paseíllo habitual de los trajes de luces, seguía un numeroso cortejo de maletillas con el maco al hombro y la íntima ilusión en el alma de ser ellos los que se vistieran de torero la próxima vez.

Recuerdo que en ellas Sebastián Palomo Linares pasó del cero al infinito, y se me vienen nombres a la cabeza de los que hicieron de la “Oportunidad” un trampolín, como Blas Romero, El Platanito, Antonio Montes, El Jeringuero, Núñez Lara, y El Peque, entre otros.

Eran otros tiempos; tiempos sin escuelas taurinas; tiempos de capeas, de mucho auto-stop y mucha “tapia”. Ahora todo ha cambiado: no hay tantas penalidades y los aspirantes tienen más comodidades a la hora de ir al campo a ponerse delante de las becerras; pero todo está mucho más burocratizado y con menos cabida para el romanticismo. En verdad, no sé si se ha salido ganando o perdiendo con el cambio. Y no es un espíritu masoquista el que me hace dudar, sino porque hasta en aquella dureza había una criba que ejercía su papel en la selección de los propios aspirantes. Y está claro que, en el toreo, tanto para el toro como para el torero, la selección se me antoja fundamental e imprescindible.

Hoy, volviendo al presente con el vídeo de la final de esta versión actual de la “Oportunidad”, esto es: viendo torear a Valentín Hoyos, Juan José Villita y Manuel Perera, me he dado cuenta de cómo ha cambiado en este medio siglo la forma de torear. Desde luego, se tiene mayor técnica y los pases resultan más limpios que los de entonces; pero no es bueno todo lo que reluce. Por ejemplo, si antes muchos aspirantes pecaban de “codilleros”, ahora pecan de “sobaqueros”. Y me explico. Llamo así a los principiantes (y no principiantes) que prescinden de quebrar la cintura y alargar el muletazo con toda la extensión del brazo para acabar rematándolo con el juego de la muñeca. Ahora ya están muñequeando desde el momento del embroque, lo que convierte el muletazo en un desplazamiento hacia fuera y adentro que acorta el viaje del astado mientras el brazo queda pegadito al cuerpo como si tuvieran un golondrino en el sobaco.

Por desgracia, esa forma de toreo está cada vez más extendida, de ahí mi alegría cuando este año vi torear a Carlos Ochoa en Villaseca de la Sagra, porque en él los pases son largos y mandones, quiebra la cintura como un mimbre y lleva al toro detrás de la muleta mucho más tiempo y espacio, y sólo es al final de la suerte cuando muñequea para rematarla. Ojalá continúe en esta senda, porque es necesario que dicho estilo de torear no se pierda engullido por el ventajismo que algunos matadores acomodados en sus interminables carreras han logrado imponer con su impostura.

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