RECONOCIMIENTO A MANOLETE

El martes de la pasada semana, el pleno del Ayuntamiento de Córdoba acordó nombrar “hijo predilecto” de la ciudad a Manuel Rodríguez, Manolete. La decisión fue aprobada a instancias de la Comisión del Centenario del nacimiento del diestro, con el voto a favor de PP, PSOE, Ciudadanos y UCOR, mientras que, haciendo gala de su proverbial miopía y torpeza, IU y Ganemos votaron en contra.

No ha hecho falta esperar para esta rehabilitación los 359 años, 4 meses y 9 días que tardó la Iglesia, a través del pontífice Juan Pablo II, en pedir perdón por la injusta condena que el Tribunal de la Inquisición presidido por el cardenal Belarmino llevó a cabo contra Galileo Galilei, pero ya iba siendo hora de que Córdoba hiciera justicia y otorgara el debido reconocimiento oficial a uno de sus hijos más preclaros, a aquel que paseó por todo el mundo el nombre de la Sultana de Andalucía bajo el estandarte de la dignidad, del éxito y del pundonor más elevado.

Recuérdese o sépase que a Manolete le pasaron factura su fama y superioridad; de modo general, en las postrimerías de su carrera, cuando las crecientes tensiones entre la horizontalidad de las masas y la vertical individualidad de Manolete llegaron a tornarse insufribles para aquellos mismos que lo habían mitificado, y de modo particular, y desde mucho antes, en Córdoba, donde no volvió a torear por propia voluntad desde 1944, pese al triunfo que consiguió en las dos corridas en que se acarteló aquel año y en el festival que le vio hacer el último paseíllo en Los Tejares.

Dicho por los que lo conocieron bien, Manolete le tenía más miedo a torear en Córdoba que en el propio Madrid, por lo mal que cierta parte del público lo trataba, no sólo metiéndose con él, sino con su misma familia, cosa que el Califa de Córdoba no soportaba. Y eso que, como buen cordobés, Manuel Rodríguez Sánchez amaba a Córdoba por encima de todo, por eso se compró allí sus dos cortijos con la intención de vivirlos y disfrutarlos. Porque sería injusto no reconocer que en ella tenía sus amigos, sus fervientes admiradores y ese bastión de cordobeses que le abrían sus brazos para recibirlo sintiéndose orgullosos de su paisanaje; pero también había otros que criticaban su valía y sentían envidia de su triunfo, de haber llegado a una cumbre para ellos imposible siquiera de soñar. Pensando en estos, le preocupaba la corrida de Linares: por los que iban a venir de Córdoba; los envidiosos que le pitaron en su primer miura, los que sacaban la entrada pensando en negarle el pan y la sal y haciéndole responsable de todos los males de la Fiesta: a él, que la engrandeció y expandió sus fronteras como ningún otro hasta entonces.

Como el “Eppur si muove” de Galileo, es bueno que la ciudad de la Mezquita reconozca la verdad de Manolete y lo declare hijo predilecto. Ya reconoció su arrepentimiento, en el luto y las lágrimas –y esos cientos de flores asaeteando su féretro al paso de la Torre de la Malmuerta– con que Córdoba despidió su cuerpo poseído por la muerte camino del camposanto; pero ahora, a los cien años de su nacimiento, es necesario y justo que cante su grandeza y se sienta oficialmente orgullosa de un hijo como él. Por algo fue estandarte de su época y un hombre cabal dentro y fuera del ruedo.

Comments are closed