VALENCIA. 1ª CORRIDA DE FERIA. SI HUBIERA AFICIÓN

Si hubiera afición, Román, el torero hispanofrancés nacido en Valencia, tendría conmocionados a los periodistas, al presidente de plaza y a la opinión taurina en general. Frente al encastado y áspero “jandilla”, el único que toreó porque le cogió al matarlo de una estocada, usó su mejorada destreza para arriesgar, quedarse muy quieto y pasárselo muy cerca. Así logró que el díscolo y correoso toro terminara sometido en dos series finales con la izquierda: asfixiantes, sentidas, emocionantes, torerísimas. Pero el presidente tardó en conceder la primera oreja para no conceder la segunda. Eso es hacer Fiesta.

Si hubiera afición se habría aplaudido la corrida de Jandilla, brava y pronta, vivaz y sin clase, correosa tal vez porque Padilla y Fandi, muy cuajados con los engaños y con la espada y muy lucidos en banderillas, se los pasaban por Antequera y así no se puede dominar la bravura.

Si hubiera afición no se habría pitado sistemáticamente a los picadores… por recargar con unas puyas que no entraban. A propósito, ¿fué qué el gran Iturralde escogió un caballo de poca alzada que impedía la perpendicularidad de la vara, o su imprecisión se debió a que clavó la puya antes de que el toro llegara a jurisdicción?

Si hubiera afición, el público, que siguió bien la lidia, habría salido de la plaza sabiendo que había presenciado algo extraordinario: la verdad de un torero, Román, que se jugó la vida para demostrar que el arte del hombre supera a la bravura del toro. Y es que la corrida es mucho más que un espectáculo, que un deporte, que una fiesta. Es vida iluminada, el arte que fluye ante la amenaza abismal de la muerte, algo ya olvidado por la crítica timorata, censurado por los medios y vejado por los antitaurinos.

¿Hay afición? No he perdido la esperanza, me gustó el público de Valencia.

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