VALENCIA. 2ª CORRIDA DE FALLAS. EL TOREO A LA VERÓNICA

Sucedió en el 4º de la tarde, un toro de bandera, bravo y con clase, de Alcurrucén. Salió con ese galope vibrante y templado, codicioso y noble que coloca la cara antes de ver los engaños y anuncia una embestida pronta, profunda, sin arrepentimiento, repetida. Su matador, David Mora estuvo a la altura. Sin la menor probatura abrió la capa con verdad, la desplegó con elegancia, se adueñó sedosamente de la fluída embestida, la empapó en la tela como si toro y torero fueran uno. En el centro del lance había una conjunción pausada, como si ambos se quedaran fijos, impresos en el tiempo, y luego, el remate era una invitación al regreso, a volver a empezar.

Más tarde, cuando el toro estaba picado, Álvaro Lorenzo, hizo un quite. Obviamente, por verónicas: dos verónicas, desgranadas como lágrimas serenas, suspendidas en el tiempo y en el espacio, que se pararon en el centro de la suerte, y una media templada y abrochada que dejó al toro pasmado mientras el torero se iba de allí con garbo.

Después, a ese toro, Mora le hizo una buena faena y le cortó una oreja.

El resto de la corrida se vio limitado por lo que yo denominaría una “nobleza imperfecta” de los toros, la que permite torear pero sin ese mágico acople que hoy exigen los públicos para encandilarse. Con permiso, yo me emociono más. Para mi, la faena de Álvaro Lorenzo al 2º fue de oreja, pero nadie la pidió. Y la actuación de Luis David Adame tuvo mucho mérito porque le correspondió el peor “alcurrucén” y un sobrero inhibido de El Ventorrillo, a los respondió con entrega y torería.

En suma, una buena tarde en la que hubo un tercio en el que resucitó el toreo a la verónica.

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