SEVILLA 11 DE ABRIL. PABLO AGUADO, TORERO DE SEVILLA.

El pellizco, la gracia, el desgarro y el duende son adjetivos no siempre bien adjudicados a los toreros. Ser un torero de pellizco no parece una virtud suficiente; tener gracia puede ser sinónimo de superficialidad; a veces el desgarro se confunde con la tensión; y el duende se adjudica en demasía porque son muy pocos los que lo tienen.

Más malentendidos: escuela rondeña y escuela sevillana. A la primera se le supone asentamiento y profundidad, a la segunda gracia y lucidez. Tonterías. El llamado toreo sevillano consiste simplemente en torear bien. Con trazo inspirado y mando elegante. Con gracia o con pellizco, con desgarro o con duende, según lo provoque el toro. Pero siempre llevando toreada la embestida con temple de principio a fin. En suma, ser torero de Sevilla es hacer bien el toreo y decirlo muy bien.

Aclaradas las cosas, afirmo que Pablo Aguado es un nuevo torero de Sevilla. Y así lo refrendó la Maestranza tras dos faenas intensas de torería y justas de metraje. Me sentí como hace años, cuando los diestros no compensaban su poca calidad con mucha cantidad. Dio una buena tarde y cortó una merecida oreja.

Podría haber dicho lo mismo de Lama de Góngora, pero su primer toro duró un suspiro y su segundo, ni eso. Y peor lo tuvo Javier Jiménez, con un lote muy deslucido. En suma, culpables fueron los toros de Torrestrella, alegres de salida, prontos al caballo, y ásperos, descastados y sin clase, de nula entrega en cuanto les hicieron pupa. ¿Será que el campo está embarrado y los toros entumecidos? ¿O será un problema de bravura?

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