SAN ISIDRO. 19-5-18. TOREAR AL MANSO

10ª corrida. Al manso de raza brava se le llama mansurrón o bravucón, porque los de su condición son toros que de alguna manera embisten. Antes, el manso-bravo era más manso, no iba al caballo, ahora sí, pero vuelve grupas en cuanto siente el hierro. En el capote echa las manos por delante, o se para sin pasar, y si lo hace, no pasa del todo, y si pasa hasta el remate, huye o se vuelve contrario. Por eso, al manso hay que saber torearlo. No llevar la contraria frontalmente a su embestida, sino írsela llevando sin que se de cuenta. Para que embista creyendo que huye. Y, por supuesto, sin cruzarse nunca a la embestida en el cite, colocación que lo disuadiría, acortaría su viaje, o lo pararía. Y si al manso lo acompañara el genio, protestaría, sustituiría la embestida por el derrote.

Por todo lo dicho, cuando Joselito Adame dejó que el quinto manso se desplazara sin darse cuenta a su querencia, el refugio de toriles, y cuando allí llegaron, colocado al hilo del pitón, le tapó el mundo con la muleta convenciéndole, sin hacerle daño, sin atropellar ni retarle en su camino, la inteligencia del diestro refulgió, la embestida se tornó en huida hacia delante, el toreo halló su conjunción, la ligazón consumó la reunión acompasada del hombre y la bestia, y la plaza clamó y se puso en pie. No así los aficionados del 7, que pedían el, en este caso, improcedente cruce, velando por la pureza del toreo. ¡Cuánta memez! A los toros se los torea en línea natural o cruzándose, según proceda, lo demás es geometría mentirosa para tontos.

Por todas estas gaitas, tampoco entendieron los aficionados integristas la valiente faena de Curro Díaz a su primer toro, un manso con mucho genio, al que dio el sitio y la ventaja que lo embravecieron. Pero no, no lo embravecieron, fue un espejismo. Era un manso integral. Cuando el torero se resbaló, cayó al suelo y de allí lo recogió y lanzó por los aires, el enorme manso (581 kilos y dos pitracos) se asustó y no embistió más. El que no se asustó fue Curro, torero valiente, de finísimo trazo. Ver imponérselo a dos torancones era admirable y un desperdicio. Como también lo fue la ilusionada entrega de Juan del Álamo ante dos marrajos inservibles. Y es que la corrida de Alcurrucén era eso, un mansada de tomo y lomo.

 

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