LAS CLAVES DE SAN ISIDRO. LA BANALIZACIÓN DEL REJONEO

Madrid, 20 de mayo. Seis toros de El Capea y familia. Diego Ventura y Lorenzo Hernández, mano a mano. Cuando un rejoneador mata a la primera siempre le dan la oreja; cuando no mata a la primera, ni se le aplaude. Cuando clava reuniéndose al estribo, le aplauden; cuando clava reuniéndose en la grupa, también le aplauden. Si el caballo hace una alzada, un clamor; si una pirueta, otro. ¿Qué ha pasado con el rejoneo? ¿Han cambiado los rejoneadores? ¿Ha cambiado el público? No, ha cambiado el eje fundamental de la Fiesta: el toro, el toro para rejones. Y con dicho cambio, ha cambiado el público… y los rejoneadores se acoplan, parece que encantados, al nuevo toro y al nuevo público. Hace unas décadas, los rejoneadores lidiaban el toro que los toreros de a pie no querían, toros ásperos, muy encastados o con mucho genio. Y era emocionante verlos demoninar, templar o salvarse con aquellos toros. No se los pasaban tan cerca como hoy, ni hacían las suertes inverosímiles que hoy se ejecutan. Pero torear a caballo era algo serio, tenía fuerza. No citaré ejemplos, sería injusto olvidar alguno. Si advertiré que tras la revolución que impuso Pablo Hermoso de Mendoza, el rejoneo robó el encaste de Murube al toreo de a pie. Y después lo pervirtió. Es decir, lo endulzó, lo descafeinó, lo pasó por agua. ¿Qué tiene que ver un “murube” de los que se lidiaban a pie los años sesenta con el “murube de hoy? Diego y Leonardo lidiaron seis torazos de El Capea, que promediaron más de 600 kilos, con los pitones demasiado arreglados, con fuerza para correr y sin fuerza para cornear. Todo demasiado banal, demasiado bonito, demasiado sin alcohol, como el público que llenaba la plaza. Por lo demás, Diego y Leonardo son dos fenómenos, se emocionaron consigo mismos y estuvieron bien.

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