LAS CLAVES DE SAN ISIDRO. LA FAENA PERFECTALA FAENA PARFAITE

Madrid, 24 de mayo. Dos toros de Alcurrucén, dos de Victoriano del Rio, uno de Domingo Hernández y uno de Garcigrande. Julián López “El Juli” y Ginés Marín.Frente a la bravura, entrega; frente a la casta, mando; frente al peligro, arte.

Y frente a la suma de bravura, casta y peligro, la fuerza de la inteligencia del torero centrado consigo mismo, ese estado de plenitud que da cauce a un arte sublime, la tauromaquia, sucedido en el mismo hondón del abismo. Así fue la faena de El Juli al bravo “Licenciado”, nº 122, colorado y con 530 kilos, de Alcurrucén: la faena perfecta. Desde los primeros doblones, largos, toreados, de muleta mandona y bajísima, que tuvieron dos virtudes, la de enseñar al toro a embestir y la de someter su díscola bravura a la ley del toreo. Un toreo de porte natural, de discreta elegancia, de mano baja, de media muleta siempre lamiendo la arena. Un toreo cuyo mando desembocó pronto en la lentitud, según el temple se imponía a la bravura. Un toreo que fluyó de la majestad al desgarro por un rio llamado hondura, por naturales purísimos, redondos embriagados, pases de pecho épicos, afarolados luminosos y molinetes de repajolera gracia.

Sí, fue una faena perfecta, de clásica cuadratura, de clásicos muletazos, sin la sobredósis de los pases muy ligados en la pala del pitón a embestidas inerciales. Fue la faena de un toreo que nunca suprimió el primer tiempo de las suertes y cuya sobredósis embriagaba  cada pase y su ligazón era de pases completos a pases completos, no encimados sino ligados, el toreo grande de toda la vida.

Antonio Ordóñez dijo que nunca había hecho la faena perfecta. Y ésta de El Juli lo había sido hasta el momento de la verdad, pues el madrileño no mató bien, y lo de menos era que perdiese la segunda oreja y la Puerta Grande. Lo malo fue que estuvimos a punto de ver la faena perfecta.

Hubo esta tarde otra faena perfecta, ésta consumada. La protagonizó el picador Agustín Navarro en el sexto toro de la tarde. Un torazo con 600 kilos, de Victoriano del Rio, que acudió presto, fijo y con fuerza al cite. Navarro lo llamó dando el medio pecho del caballo, lanzó la vara con torería, hundió la puya arriba casi antes de que el animal embrocara bajo el estribo, lo sujetó con autoridad, lo frenó con la mano izquierda tapando su querencia a los adentros, sustuvo su envite y lo liberó también con la rienda, dejándolo salir porque el animal era más bravucón que bravo. Y así en los dos encuentros. La ovación duró hasta que el viejo maestro abandonó la plaza por la Puerta de Cuadrillas.

Con El Juli toreó mano a mano Ginés Marín, joven y gran torero que no pudo torear, porque salvo “Licenciado” no hubo un solo toro que embistiera. Ni el otro de Alcurrucén, ni los dos de Victoriano del Rio, ni los dos de Garcigrande. Fue como si no hubiera toreado en Las Ventas.

Madrid, 24 mai. Deux toros de Alcurrucén, deux de Victoriano del Rio, un de Domingo Hernández et un de Garcigrande. Devant la bravoure, engagement ; devant la caste, maîtrise ; face au danger, de l’art. Et face à la bravoure suprême, à la caste et au danger, la force de l’intelligence du torero concentré sur soi-même, cet état de plénitude qui permet le passage à l’art sublimé, la tauromachie, qui se produit aux abords d’un abîme. Ainsi fut la faena de El Juli au brave « Licenciado », n°122, colorado de 530 kilos, de l’élevage d’Alcurrucén : la faena parfaite.

Dès les premières génuflexions, longues, très toréées, avec la muleta puissante et basse, qui eurent deux vertus, celles d’apprendre le toro à charger et de soumettre ses braves charges capricieuses à la loi du toreo. Un toreo naturel, d’une discrète élégance, à la main basse, avec une demie muleta au sol. Un toreo dont le pouvoir déclencha de suite la lenteur, suivant le temple qu’il imposa à la bravoure. Un toreo fluide à la fois majestueux et déchirant par ce fleuve qu’on appelle la profondeur, avec des naturelles extrêmement pures, des redondes enivrants, des passes de poitrine épiques, des farols lumineux et des molinetes d’une grâce réjouissante.

Si, une faena parfaite, d’une quadrature classique, de passes de muleta classiques, sans la surdose des passes enchaînées par leur propre inertie. Ce fut une faena qui ne supprima jamais le premier temps et enivrante à chaque passe et avec un enchaînement de passes complètes à des passes complètes, non tassées mais liées, le Grand Toreo.

Antonio Ordoñez avait dit qu’il n’avait jamais réalisé la faena parfaite. Et celle de El Juli l’a été jusqu’au dernier moment, car le Madrilène n’a pas bien tué, perdant ainsi la seconde oreille et la Grande Porte. C’était surtout la frustration d’avoir assisté à une faena presque parfaite.

Il y eut une autre prestation parfaite et cette fois-ci aboutie. Avec pour protagoniste le picador Agustín Navarro au sième. Un immense toro de 600 kilos de Victoriano del Rio qui accourut promptement, avec fixité et puissance à l’appel. Navarro l’appela en présentant la demie poitrine du cheval, en avançant la pique avec toreria, il pointa la pique tout en haut avant que l’animal parvienne à l’étrier, l’attacha avec autorité, le freina avec la main gauche en lui cachant sa querencia vers l’intérieur, maîtrisa sa charge et la libéra avec les rênes, le laissant partir car l’anima n’était pas aussi brave qu’il ne voulait le faire croire. L’ovation dura jusqu’à ce que le vieux maestro quitte l’arène par la porte des Cuadrillas.

Ginés Marín partagea le mano a mano avec El Juli, ce jeune et bon torero ne put toréer, car à l’exception de « Licenciado » il n’y eut pas d’autre toro qui chargea. Ni l’autre d’Alcurrucén, ni les deux de Victoriano del Rio, ni ceux de Garcigrande. Ce fut comme s’il n’avait pas torée à Las Ventas.

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