LAS CLAVES DE SAN ISIDRO. SE TOREA COMO SE ES… Y COMO SE ESTÁ

Madrid, 25 de mayo. Cinco toros de Núñez del Cuvillo y uno de Conde de Mayalde (3º, sobrero). Juan Bautista, Alejandro Talavante y López Simón. Es obvio que no hay un ser humano repetido. Sin embargo, muchos artistas parecen repetidos. Lo que nos induce a dividirlos en dos, los autores y los copistas. Alejandro Talavante siempre fue un autor. Casi desde el primer día.

Al menos desde su deslumbrante debut en Madrid con aquella novillada de El Ventorrillo. Puede que su tauromaquia tuviera el inicial referente de José Tomás, talones clavados en la arena, medio pecho para citar con sinceridad, cintura rota para abarcar la embestida completa del toro. Digamos que la cuadratura técnica era muy similar, pero difería su estilo. Si el madrileño es más utópico, formalizar las diferentes embestidas y convertirlas a un acople sedoso y patético, el pacense tiene un desparpajo más inspirado y feliz, ambos ven pronto al toro, pero uno busca al toro y el otro lo encuentra. A los dos, como a El Juli, los ha sentado bien México, del mismo modo que a los toreros aztecas de hoy les sienta bien España. Pero Talavante enseguida se pareció a sí mismo. Unas veces más que otras. Según se encuentre. Según le alegre o le amargue la vida el toro, el toreo o su propia vida, vayan ustedes a saber. El caso es que este año Talavante solo se parece a Talavante porque está más centrado que nunca. Dicen que el estilo es el hombre. Pues bien, ese estilo pletórico, solo igual a sí mismo, ilumina ahora el ser y estar de Talavante en la plaza. Cuando torea al bravo y al manso, al enclasado y al encastado. Cuando torea cruzado o en línea, según proceda. Y cuando la embestida honda le pide el toreo profundo o la embestida imposible le inspira el toreo sorpresa. Por el momento, es el triunfador de San Isidro, a pesar de la cenital faena de El Juli y del toreo abismal de Fortes. Para centrarse con el toro, el torero debe centrarse primero consigo mismo.

Tal divisa la ha hecho suya el joven López Simón. Dicen, quienes le conocen, que atravesaba por un mal momento personal, físico y psíquico. Y debía ser cierto, porque la cuadratura de su trazo era la misma, sus lances y pases se amontonaban, parecía que toreaba sin saber por qué, que elegía suertes y terrenos porque sí, de modo que toros muy potables se le iban y su innegable voluntad de triunfo se encontraba con toros que no lo entendían y se topa con un público decepcionado. Así estaban las cosas cuando se abrió la puerta de cuadrillas el 25 de mayo. Una corrida que el madrileño se planteó como la última frontera, el ser o no ser, el principio o el fin de su carrera. Y en esa tarde definitiva su lucha, toreo más cogidas, se tornó épica. Cortó dos orejas, una y una, no dos a un toro como Talavante. Pero todo llegará.

Abrió la terna Juan Bautista, de nuevo sin suerte con su lote. Pero a su primero, noble, se lo pasó por Antequera, y claro, no llegó al tendido. Apretó en su segundo, con todo a la contra, el toro y una lluvia torrencial que vació la plaza, de modo que su esfuerzo fue en vano. Le queda un toro, en la Corrida de las Seis Naciones. Suerte, torero.

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