MADRID, 8 DE MAYO. DESEQUILIBRIO

La novillada de Guadaira, por trapío y peso, pitones y, probablemente, edad (entonces no existía el guarismo), era como una corrida de toros isidril de los años 60. Pero aquellas triunfales corridas las lidiaban grandes toreros y ésta corrió a cargo de novilleros sin apenas novilladas en su haber. Desequilibrio. De ahí que la casta de su primer novillo y el genio de su segundo, alborotaran las manos sin mando y aceleraran los pies del inexperto David Garzón; que la agresividad ofensiva del segundo utrero de la tarde destemplase la destreza de Carlos Ochoa y la agresividad defensiva del quinto desarbolara su faena; y que el buen trazo y clase de Ángel Tellez se desvaneciesen ante las aviesas embestidas de sus dos novillos.

La lidia es apasionante cuando se equilibra la inteligencia del hombre con la agresividad del animal. Pero al novillero actual, casi suprimidas las novilladas en pueblos y provincias, le resulta insuperable estar a la altura del novillo-toro de Madrid. ¿Novillo o toro? A este interrogante se puede responder con otra pregunta: ¿qué diferencia hay entre el utrero mejor alimentado y saneado de la historia ganadera con el cuatreño de tres, cuatro o cinco meses más? Las novilladas en Madrid, que enfrentan a muchachos imberbes y sin experiencia a toros con toda la barba, son un espectáculo frustrado y de mal gusto. La ética de la lidia se funda en el equilibrio.

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