SAN ISIDRO. 13 DE MAYO. NO SÉ DE TOROS

Torear es jugarse la vida para conocer al toro. Y por tanto, dominarlo, torearlo. La corrida de Baltasar Ibán me ha planteado esta conclusión. Sinceramente, a su término no supe discernir la bravura de unos y el genio defensivo de otros. ¿Eran culpables los toreros, que no habían sabido explicármelos?

Vayamos por partes. Para empezar hacía viento y eso impidió que los diestros dieran plaza a unos toros que pedían los medios. Además, donde quiera que fuese, el viento movía las telas, lo que frustraba el mando y la serenidad del torero. Después, se debe tener en cuenta que el “toro de Madrid” está muy cuajado y tiene muchos cuernos, graves inconvenientes que miden el valor y la mente de los espadas, quienes siempre se juegan la vida, aunque unos más que otros. Axioma: sólo un toro bravo se entrega a fondo cuando el torero se entrega de verdad.

Sergio Flores se entregó de verdad y descubrió que su primer toro era más bravucón que bravo, o por el contrario, la entrega del torero no se vio auxiliada por sus ventoseados engaños y entonces el toro hubiera sido más bravo que bravucón. También se entregó Flores con su segundo, que mostró genio defensivo en la muleta, pero yo albergué la duda de si ese genio surgió porque el castigo que le infirieron en varas fue muy superior a su bravura. Con los toros de Alberto Aguilar quizá las cosas estuvieron más claras. Su primero era un manso de tomo y lomo, y con mucho genio. Pero su segundo parecía bravo, y también el exceso de castigo pareció tornar su casta en genio. ¿O sucedió que el toro bravo exige dominio y éste, entrega torera? La duda me impide censurar al torero. Quien sí tuvo un toro bravo fue Francisco José Espada. Era un toro de bravura escondida que el torero sacó a la luz en diversos momentos de una dispersa faena, por la que le dieron una generosa oreja. Pero con el que cerró plaza volví al desconcierto. ¿Era bravo el toro o era un marrajo o masacraron su bravura en varas? A veces, los picadores, por proteger a sus toreros, los dejan a la intemperie.

En Madrid, con el toro tremendo, el viento disparado, los toreros presionados y el público… el público, bien. Aunque en el ruedo hubo poco toreo, se conformó porque hubo emoción, la del peligro, no la del toreo. Por mi parte, mal. Lo confieso, en Madrid hay días en que no tengo ni idea de lo que estoy viendo.

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