SAN ISIDRO. 2ª CORRIDA. LA PRUEBA

Los toros de Fuente Ymbró pusieron a prueba a los toreros, al público y a los supuestos entendidos de Las Ventas. “Hechizo”, nº 123, negro, cornivuelto y reunido de pitones, con 566 kilos, pronto y bravo de salida, pero acalambrado en las patas posteriores, provocó las protestas de los “entendidos”, que valoraron más su defecto incial que su evidente bravura. Cero en afición. El presidente, acertado, lo mantuvo en el ruedo, el toro corrigió su merma, embistió como una centella y también puso a prueba a su matador, Román,  valeroso, generoso, que lo citó de largo, dándole todas las ventajas y construyendo una faena ligada, emocionante, muy torera, a la altura de la prontitud, fijeza y recorrido de las vibrantes embestidas. Como lo mató mal perdió las orejas. Todo quedó en dos ovaciones formidables, una al torero y otra al toro, al que postreramente también aplaudieron los “entendidos”. “Hechizo” será uno de los toros más bravos de la feria.

Hubo otro toro bravo, con clase y poca fuerza, el tercero, que se acabó pronto y frustró una faena que se anunciaba grande, de José Garrido, a quien los “entendidos” le perjudicaron en su segundo trasteo al 6º toro, “Orgulloso” de nombre, un pavo tremendo, más fanfarrón que orgulloso. Garrido así lo entendió y lo muleteó en línea, dándole aire para que no se acobardara y embistiera, algo que el purismo de los “entendidos” protestó. Indicaron al torero que se cruzara, y claro, el mansurrón, asustado por ese toreo más obligado, no solo acortó sus envites sino que los paró, protestando. De los “entendidos”, líbranos Señor.

A Joselito Adame lo perjudicó el exceso de confianza en su poderío y valor. Dejó crudo en varas a su 1º, fuerte y más encastado que bravo. Y aunque su faena de muleta fue inteligente y tuvo aguante, la encendida casta del toro lo desbordaba. No se lo perdonó el público. Con razón: a los toros hay que picarlos. Con su segundo toro, sin casta y con genio, más de lo mismo.

Me gustó la corrida de Gallardo. Puso a prueba a Las Ventas, a los toreros, al público, poblado de buenos aficionados que lo midieron todo, y a los “entendidos” que salieron de la plaza tan contentos, sin saber que habían hecho el ridículo.

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