SAN ISIDRO. 3ª CORRIDA; EL TOREO CASTIGADO

Los seis toros de Pedraza de Yeltes eran seis armarios de tres cuerpos. Parecían autobuses de dos pisos. Y sus cuernos semejaban infinitas torres góticas. Una morfología nada propicia para el toreo. Más aún si, como los seis mastodontes, la casta brilla por su ausencia. Fueron nobles, eso sí. Con una nobleza desrazada y tontuna, insuficiente para completar las embestidas, inservibles para un toreo acoplado y reunido.

Pero hubo un torero, Fortes, que con un toro así restauró la clave primigenia de la tauromaquia: hacer posible lo imposible. Obrar el milagro. ¿Cómo lo hizo? Ofreciéndo su cuerpo como presa, metiéndose dentro del toro, meciendo sus cortas acometidas asentado en una verticalidad elegante y patética, jugándo los brazos con torerísima armonía, dejando que los pitones rozaran la seda de su vestido. Inspiración, armonía, mando al borde del abismo: el arte acariciando el vuelo sombrío de la muerte. La plaza se conmovió, se partíó, sucumbió ante tanta belleza y tanto drama. Y cuando mató de una gran estocada que bastó, la catarsis estalló en los tendidos, los pañuelos blancos parecían palomas locas, la petición era un clamor colectivo, un ascenso del infierno del pánico al cielo del arte. Pero el presidente, inquisidor necio, aficionado nulo, se ciscó en el soberano público e incumplió el reglamento, entre otras cosas porque el ordenamiento taurino le permite tan intolerable impunidad. La afición, indignada, obligó al gran torero a dar dos vueltas al ruedo, arrojó miles de almoadillas al ruedo y despidió a la cretina autoridad con una bronca que marcará época en los anales de Las Ventas. La Fiesta tiene muchos enemigos. Unos están fuera y otros, dentro. Estos son los peores.

Por lo demás, Manuel Escribano y Daniel Luque estuvieron por encima de sus toros, sin posibilidad de lucimiento: solo habían ido a la plaza a torear, no a provocar a la muerte en el mismo fondo del abismo.

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