TOROS BRAVOS Y GRANDES TOREROS. SAN ISIDRO, 7ª CORRIDA

Seis toros bravos de distinta bravura, tres toreros en plenitud y diferente tauromaquia. Resultado: seis lidias siempre apasionantes y, en muchas ocasiones, toreo variado, siempre embriagador. De Antonio Ferrera dicen que atesora una tauromaquia añeja. Será porque lo antiguo tiene prestigio y lo nuevo se demerita. Lo que tiene Ferrera son tres virtudes: valor, inspiración y temple. Por eso torea a todos los toros. Se abandona con los de bravura enclasada y le estimulan los broncos y avisados, a todos les descubre embestidas. Y a la postre, a todos los endulza y acaricia con su temple. Es el único torero capaz de entusiasmar a una plaza reuniéndose con un toro que pide ser toreado a media altura, es de los pocos que inventan un toreo para cada toro, y es, en el último tramo de su carrera, un artista sereno, un lidiador prodigioso que siempre mete al público dentro del toreo. Con un toro que no humillaba y con otro quebrado por su exceso de romana, Ferrera ha sido eso, un artista inspirado, un lidiador consumado.

A Manzanares siempre se le medirá en Madrid por su faena al toro “Dalia”. No le consintieron los puristas que diera aire al genio bravucón de su primer enemigo. Pero si se hubiera cruzado como pedían, el toro se habría parado o defendido. Los impuros gozamos con el empaque de su inteligente mando, que embarcaba con gallardía unas embestidas que parecían bravas y no lo eran. Con el capote, toreó a su segundo por verónicas con el compás abierto, el pecho ofrecido y un elegante vuelo de brazos, y con los pies juntos, en lances largos y templados impuestos a un toro de embestida encastada. Su faena de muleta a este “jabonero”  tuvo plomada y temple, empaque y profundidad. No fue un faenón, pero sí una buena faena, muy superior a la bravura del toro. A sus dos oponentes los mató de dos grandes estocadas. Manzanares es el mejor estoqueador del presente.

Y Talavante. Un genio apasionado que solo se parece a sí mismo. Un torero como la copa de un pino que cuaja a los toros hasta descubrir el límite de su bravura. Un artista tan sincero que vende su alma al arte en cada lance, en cada pase. Pureza y trazo, ingenuidad y sabiduría, alegría y llanto, impregnan los avíos de este originalísimo maestro, un auténtico patrimonio de la tauromaquia actual. Si no hubiera pinchado al sexto de la tarde, su triunfo habría sido de época. Pero la plaza de Madrid sigue enamorada del extremeño, los puristas y los impuros.

La corrida de Núñez del Cuvillo, seria, armada y brava, rompe el tópico de los toros comerciales y los toristas. Solo hay toros buenos y malos. Los buenos, en su distinta gradación, son los bravos. Como los seis que crió su antiguo ganadero, el joven Álvaro Núñez Benjumea.

 

 

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