UN MEXICANO DE ORO. SAN ISIDRO. 8ª CORRIDA. 17-5-18

A Luis David (Adame), jovencísimo matador, le pusieron a prueba dos toros cuajados, hondos y muy armados. Uno, un jabonero bravísimo, y el otro, un toro negro con todo el genio del mundo. A los dos los superó. Frente al primero, con el lúcido valor que permite pensar mientras la bravura embiste con fuego. Y ese valor, auxiliado por una suma destreza, le deparó un temple de calibre milimétrico. No porque toreara con una despaciosidad deslumbrante en unos naturales profundos casi a final de faena, sino porque templó, midió, corrigió las embestidas al principio del trasteo, cuando la codicia del toro las encimaba y suprimía sitio para el acople. Ahí, en esos precisos instantes, Luis David anunció que era un torero de temple prodigioso. Por lo demás, su faena, de perfecto diseño, de emocionante apertura por estatuarios,  toreo hondo en su parte central, y rematada con bernadinas cambiadas, otra vez toreo por alto para aliviar a un toro que había humillado mucho, mereció las dos orejas: lidió y toreó al mismo tiempo, sumó delectación a la maestría, arte al valor y una juvenil frescura a sus clásicas maneras. Si le concedieron una sola oreja fue porque el público, más receptivo al toreo accesorio que al fundamental, no pidió la segunda. Pero de no haber pinchado al tremendo cinqueño que cerró plaza habría salido a hombros por la Puerta Grande. Con este toro asustó al miedo y si no terminó en la enfermería fue por su destreza y porque Dios no quiso. México vuelve a tener un torero, no le llaman como en su día a Manolo Martínez, el mexicano de oro. Pero lo es.

Oro añejo, broncíneo, exhibió Finito de Córdoba. Por verónicas de repajolero y elegante trazo y en el toreo natural con la muleta, relajado, perfumado, asolerado. Si tanta esencia no levantó clamores fue porque sus toros no eran aptos para el arte. Decían en la plaza que su primero fue bueno. Puede, pero solo en hasta el embroque, después no quería pasar, porque se anunciaba como bravo y era cobardón. Su segundo toro, peor. Perosnalmente, me quedé con la miel en los labios. Yo vería a Finito todas las tardes.

¿Y qué decir del Román que nos gustó con el bravo de Fuente Ymbro? Pues que no gustó con los dos deslucidos toros que sorteó, con más genio que casta, como el resto de los “juanpedros” salvo el tercero, llamado “Ombú”, jabonero, de 536 kilos, un toro de bandera.

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