LAS CLAVES DE SAN ISIDRO. EL MAESTRO, EL HÉROE Y EL TORICANTANO

Madrid, 30 de mayo. Cuatro toros de Garcigrande (1º, 4º, 5º y 6º), uno de Domingo Hernández (3º) y uno de Valdefresno, sobrero, (2º). Enrique Ponce, Sebastián Castella y Jesús Enrique Colombo, que confirmaba la alternativa. Torear es algo más que dar pases. Es demostrar que el valor humano está por encima del peligro animal, o sea, la actitud gallarda del torero ante la presencia de la muerte. Es la callada maestría que sabe elegir terrenos, distancias y colocación que mejoren la embestida. Es disfrutar las embestidas del bravo o imponerse a las aviesas o defectuosas o defensivas acometidas del bravucón, del mansurrón, o del toro sin casta, sin fondo suficiente para superar las exigencias de la lidia. Por eso, el toreo es un arte ético y estético. Algo que la sensibilidad del público percibe y premia con rigurosa justicia y que censuran los aficionados integristas, defensores de unos cánones inmutables, cuyo cumplimiento a piñón fijo quiebra o desbarata la acometividad de un gran número de toros. El 30 de mayo, los toreros primero, luego el público y después el presidente, premiaron la ética y la estética del toreo y vencieron la canónica sinrazón taurómaca de los aficionados integristas de Las Ventas.

Premiaron la maestría de Ponce, la señorial serenidad que mide tiempos, distancias y cites, y al estar estos vinculados a las condiciones del toro, impregnan el toreo de sentido y convierten el ruedo en un espacio escénico empapado de aroma, el más cabal aroma del toreo. Su faena al noble pero apagado “valdefresno” tuvo esa magia. Y la que impuso al correoso, peligroso “garcigrande”, autoridad, inteligencia y una entrega sin cuento ante el peligro más cierto. Magistral, se jugó la vida sin despeinarse. El público, o sea los aficionados que valoran la ética y la estética de la tauromaquia, lo premió. Pero no la minoría que sin saber se cree que sabe.

El hondón de la tarde aconteció en el quinto toro. Una cogida espeluznante, en la plaza se tuvo la impresión de que el toro lo había matado, demolió a Sebastián Castella en el centro del ruedo, cuando lo recibía de capa. Que se incorporara a la lidia mediado un primer tercio que había dirigido Ponce, tuvo aura de milagro, que su faena fuera tan valerosa y tan lúcida, dando todas las ventajas al toro citándolo de lejos, que lo recogiera como con una cuchara en los primeros muletazos de cada serie para después exprimir todas sus embestidas, que cuando lo dominó se metiera en su terreno hasta pulverizar lo que le quedaba de bravura, y que después lo matara sin puntilla lanazándose sobre sus astifinos pitones, de los que salió rebotado, provocaron en la plaza esa catarsis colectiva que solo logra el mítico triunfo del héroe sobre el monstruo. Naturalmente, cortó dos orejas unánimamente solicitadas que, naturalmente, protestaron los aficionados sabios. Me encantó su derrota.

Abrió plaza el venezolano Colombo, que prologó con el toro de su confirmación un corridón de toros al actual estilo isidril. Verbigracia, un pavo de inmensos pitones –de la innmuerable nomentaclatura de los cuernos, en la plaza de Madrid ya solo caben dos denominaciones, corniveleto y cornilargo, no se tolera ninguna más-, incrustados en una mole de 599 kilos. Demasiado para un toricantano tan tierno. Me gustaron su voluntad y su desparpajo. Le anoté un buen tercio de banderillas con su segundo toro. Luego, no pudo resolver las fuertes y correosas embestidas de las dos moles. Le falta experiencia.

Conclusión: en esta feria de galafates cornalones –ojo, bastantes embisten-, y toreros solventes, la sabia sensibilidad del público se empieza a imponer a la dogmática cerrazón de los supuestos entendidos. Consecuentemente, y en cumplimiento del reglamento, los presidentes se han vuelto democráticos y cumplen el mandato de la mayoría. Amén.

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