LAS CLAVES DE SAN ISIDRO. FRENTE A LA PARCIALIDAD, PERSONALIDAD

Madrid, 1 de junio. Cinco toros de Victoriano del Rio y uno de Cortés (3º). Sebastián Castella, José María Manzanares y Cayetano. De Álvaro Lorenzo, que había salido por la Puerta Grande el domingo de Resurrección, los aficionados del 7 se acordaron y le ovacionaron cuando se rompió el paseo el martes pasado, pero no hicieron lo mismo con Sebastián Castella, que al día siguiente también abrió dicha Puerta, por la que salió herido, y herido, con una herida sangrante, reapareció en la corrida del viernes. ¿Por qué lo silenciaron? Porque los aficionados integristas de Madrid tienen sus toreros. Suelen ser diestros irregulares, de buen corte y modestos, artistas que despiertan al mismo tiempo la admiración y una generosidad compasiva. Por el contrario, si el coleta es una figura, hielo y toreo bajo sospecha, su mando humilla, en los ruedos y en la calle. Consecuentemente, cuando Álvaro sea figura ya no le recibirán con aplausos. Como a Castella.

Frente a esta singular parcialidad madrileña hay diestros, poquísimos, que, además de torear, responden con personalidad. Primero, jugándosela con el toro. Y después, concientes de su protagonismo en el ruedo, volviéndose a esos aficionados que proestaban al inicio de su primera sin que se supìera por qué, y preguntándoles, ¿qué les pasa a ustedes? Así, lo hizo Cayetano, como lo hizo su padre cuando se encerró con seis toros en una corrida de Beneficencia. Exactamente igual, sin chulería pero sin apocarse, o sea en torero. Sí, me encantó el hijo de Paquirri, el nieto de Antonio Ordóñez, el sobrino nieto de Luis Miguel, el biznieto de Domingo Dominguín y El Niño de la Palma. Me encantaron su homenaje a la mítica larga de su abuelo en la mexicana plaza de El Toreo de Cuatro Caminos, el homenaje a su padre recibiendo al sexto a porta gayola, las chicuelinas al paso con una majeza que no sé de dónde le viene, los ayudados sentado al estribo que evocaban a su tío abuelo. Y me encantó el aroma ordoñista de su trazo y me desarmó su desnuda técnica, su técnica inexistente, carencia que confiere verdad a su toreo y emociona al tendido. Una fuerte mayoría, que dio rienda suelta a su sensibilidad, lo premió con una justa oreja, protestada por una notable minoría afecta al dogma. Por cierto, ¿a qué dogma?

El mejor toreo de la tarde lo hizo Castella en su segunda faena, pero no pudo rematarla porque el toro tenía fuerza pero no casta. Se apagó mediado el trasteo, como se apagaron todos sus hermanos, que se defendieron o redujeron o torcieron o violentaron sus embestidas y las trocaron por derrotes. O sea, otra mansada del ganadero de Guadalix. A recordar, las dos estocadas de Manzanares y las dos Cayetano. Monumentales

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