LAS CLAVES DE SAN ISIDRO. TRES BUENOS TOREROS Y SEIS MALOS TOROS

Madrid, 29 de mayo. Cinco toros de Torreandilla y uno de Vírgen María (sobrero). Daniel Luque, David Galván y Álvaro Lorenzo. Nada se puede objetar a los tres espadas. A las embestidas descompuestas –nobles hasta tomar los engaños y protestonas, defensivas a mitad de las suertes- respondieron con valor y torería. Dieron pases que hace años se hubieran aplaudido. Es más, la faena de David Galván a su segundo toro se hubiera apreciado y premiado, el temple de Álvaro Lorenzo se habría reconocido y respetado la maestría de Daniel Luque, enfrentado por tercera en Madrid vez a toros pésimos.

Pero la plaza ya no sabe valorar la lidia a los lotes deslucidos que, por desgracia, se prodigan. No es extraño, en Las Ventas se reseñan las corridas por la dimensión de los pitones y el peso de las carnes. Los de Torreandilla, cinqueños, cornalones y con muchos kilos sobre los lomos, estuvieron sobrados de presencia y faltos de casta. Eran material idoneo de las corridas soporíferas que abundan en esta plaza esquizofrénica, partida en dos: un público que quiere ver torear bonito y otro que comprende el toreo como una aplicación mecánica de sus sacrosantos cánones. Por eso protestaron la mencionada buena faena de Galván porque citaba en línea a un toro con menos casta que un cordero. Pero si hubiera cuplido la ley de las Ventas y se hubiera cruzado, como pedían los inquisidores, el toro no habría durado dos muletazos. ¿Qué puede hacer el buen aficionado frente al desconocimiento vocinglero? Asumir que la exigencia unida a la ignoracia forma parte, por desgracia, de la idiosicrasia de este coso otrora sabio.

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