MADRID, 10 DE JUNIO. EMILIO JUSTO SE REVELA COMO GRAN TORERO

Seis toros de Victorino Martín. Manuel Escribano, Paco Ureña y Emilio Justo. La despaciosa y fija embestida de los “saltillos”  –tengo la impresión de que en los “albaserradas” de Victorino predomina “Saltillo” sobre “Santacoloma”- es un feliz equilibrio de bravura y clase. Para que dicha conjugación sea  constante de principio a fin ha de complementarse con el vigor y la casta. Cuando falla la fuerza, la clase torna en sosería, y cuando falla la bravura, la casta se trueca en genio: violencia defensiva. La sosería decepciona a todos los aficionados, pero el genio gusta a algunos. En los “victorinos” saltan a veces toros estelares de una bravura enclasada, capaces de embestir humillados y en redondo, con fijeza y continuidad interminables. Pero en esta ganadería, como en otras de alta bravura, el paradigmático equilibrio a que me estoy refiriendo, se quiebra en muchos casos por merma de bravura o de casta. Abundan, en efecto, el toro bravucón –de intermitente bravura o mansedumbre- y el toro mansurrón. Y como ambos proceden de una casta encendida, surgen en un caso las embestidas desiguales, el recorte defensivo o el derrote, y en el otro, la alimaña que prefiere atacar al hombre y no al engaño que lo reta.

Para solucionar estas variables está la mano de los toreros. Unos las agravan y otros medio las corrigen. En la corrida de Benficencia, hubo dos toro bravucunes como el 1º y el 5º, uno enclasado pero de limitada bravura como el 2º, ortro bravo con clase, como el 4º, y dos alimañas, como el 3º y el 6º.

La inteligencia torera que más me gustó fue la de Emilio Justo, porque no se amilanó ante el genio defensivo del 3º y estuvo enorme, por colocación y mando, frente al 6º, una alimaña a la que rebajó los humos. Su torería se impuso al genio de los dos marrajos. De esta larga feria han salido tres toreros que han merecido la admiración de los aficionados con toros imposibles. Son, por orden de actuación, Sebastián Ritter, Javier Cortés y Emilio Justo, a los que me gustaría volver a ver con una buena corrida brava.

Paco Ureña estuvo a punto de cuajar una gran faena al segundo de la tarde. Le dio pases largos y templados, pero no midió la dimensión de sus series de naturales y derechazos, pues el toro era bravucón y ya no admitía el tercer muletazo ligado y, mucho menos, los remates por alto. No sé si le dio demasiados tiempos muertos entre tanda y tanda, ni si esos tiempos de reposo se los daba más a él que al toro. Me pareció más concentrado en su toreo que en las condiciones del animal. Su última serie de naturales de frente sobraba, el toro se había acabado y la frustró. De todas formas, su toreo fue de muchos kilates. Fue justamente ovacionado. Y con el quinto, otro bravucón, más de lo mismo.

Manuel Escribano, valeroso y voluntarioso, no se entendió con ninguno de sus toros. Ni con el desigual que abrió plaza, ni con el cuarto, bravo con clase, al que reprimió sus virtudes por, a mi entender, desacertados terrenos, distancia y colocación. Los toros de bravura encastada.  Y hay días en que a los toreros más dispuestos se les nubla la mente.

El ganado, interesante pero no bueno. Se picó bien, aunque no siempre lo reconoció el público. Se bregó con mérito. Y en banderillas, irregularidad de toros y toreros.

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