MADRID, 6 DE JUNIO. LO QUE AYER ERA BUENO, HOY SOLO ES ACEPTABLE

Seis toros de Alcurrucén. Antonio Ferrera, Miguel Ángel Perera y Ginés Marín. Quienes somos viejos, pero no nos reconcome la nostalgia, podemos asegurar que el magnífico toreo de antaño era como el toreo mediano de hogaño. Y, naturalmente, se lo valoraba más. Si comparamos el toreo de hoy con el de la década prodigiosa (años 60), hay varios datos que lo confirman. Primero, porque entonces el toro, entre utrero y cuatreño, tenía menos cuernos y menos peso y se movía más. Dicha movilidad, nacida de un tercio de varas más equlibrado entre la romana del bovino y el equino, encendía en el graderío la mecha de la emoción. No tenía entonces tiempo el aficionado geómetra al uso de verificar si el torero estaba fuera o dentro en el cite, entre otras cosas porque cuando el toro se viene pronto, el diestro siempre está en su sitio, y el toro, al pasar, en el suyo, pues de otra forma en vez de toreo habría cogida. Hoy, cuando el toro regordío se para entre pase y pase, obviamente se para en su terreno, o sea fuera de cacho, y el pertinaz geómetra madrileño –estas tonterías solo pasan en Madrid- dice “¡trampa!”, y grita “¡estás fuera!”, lo que afortunadamente es cierto, pues de otro modo el torero habría sido volteado. Hoy, exigir al diestro que se cruce ante el toro parado que desparrama la vista es un signo de pureza, no la ventaja que tal cite supone, por muy legitima que sea.

Todo esto es muy cansino. Como lo es la exigencia de que se coloque de largo al caballo a un toro que ha mostrado su mansedumbre, como lo es protestar que a un manso se le pique en la querencia, o como pitar a un picador que desplaza su caballo hacia ella para evitar lances inútiles al toro renuente, o como reprocharle que pise la perimera raya en busca del toro reservón, o como culpar al torero de que el toro derrote en la muleta al final del pase porque este se defiende, o como no valorar la media estocada bien ejecutada, o como encandilarse en exceso con el toreo muy ligado pero mal ejecutado. Todo el toreo debe ser a piñón fijo para el aficionado moderno, como si el toro fuera una máquina de alta precisión y no un ser vivo, de comportamientos complejos.

En esta corrida de Alcurrucén, Antonio Ferrera impuso una lidia ejemplar a su primer toro, que hace años habría levantado un clamor. Acertó al desplazar a sus piqueros, ahorrando lances inútiles a un toro que no peleaba y huía de los montados. Tuvo del mérito de dejárselo crudo para la muleta. Acopló la sarga a la gran velocidad con que el toro acometió a los primeros naturales –el temple también es acompasarse a la embestida-, y cuando hubo domado el genio del bravucón, lo toreó despacio. Y supo, por colocación y buen toque, corregir las peligrosas coladas del pitón derecho en redondos de mucho mérito. Y cuando volvió al pitón izquierdo, con el toro más templado, lo toreó al natural con regusto y sin cruzarse, pues de haberlo hecho el bravucón se habría parado o defendido. Y cuando ya sí se paró, se cruzó en naturales frontales, de pies juntos, y, claro, de más corto trazo. Gran faena, de lidiador impecable, de las que antes glorificaban a los toreros buenos. Fue valorada correctamente por un público sagaz y sensible, y demeritada por los aficionados a piñón fijo que confunden el toreo con su obtusa y dogmática geometría.

Ginés Marín dio una gran tarde. Toreó por verónicas con embriaguez y bello trazo, respondidas por Ferrera con unas chicuelinas largas, embebidas, no de recorte, rematadas con una media de la misma guisa. El joven Marín también se dejó entero a un toro fuerte, noble y con un fondo de bravura limitado, muy bien picado por el padre del diestro. Por eso dio tiempos de reposo al toro entre tanda y tanda, ora de naturales, ora de redondos. Fue una faena elegante, medida, iniciada con unos muletazos, para mí de nuevo cuño, con la muleta vuelta, ligados por uno y otro pitón, prólogo de un toreo cabal, clásico, para saboreo de buenos paladares, que no valoró el geómetra, pero sí el público, aunque no se desbordó como le sucede cuando el toro es más codicioso y el diestro impone al trasteo una sobredósis de ligazón. ¡Caray con los buenos aficionados!

Peor lo tuvo Miguel Ángel Perera, porque sus toros se movieron mucho, pero sin ritmo, renuentes a las embestidas largas y humilladas a las que los obligaba su matador. Eran culpables del desajuste, carecían de la bravura suficiente para entregarse a un toreo tan mandón, pero el público, tirios y troyanos, responsabilizó al espada. Malos tiempos para el toreo. La gente mira a los engaños, pero no ve las embestidas.

La corrida de Alcurrucén fue un encierro medio, como cundían hace años. Por supuesto, con más trapío que entonces y una parecida movilidad, pero desajustada, más encastada que brava. Toros que antes propiciaban un toreo que encandilaba y ahora obtiene el templado beneplácito de la mayoría y el rechazo de los supuestos entendidos. Las escuelas de tauromaquia también deberían dar clase a los aficionados.

Comments are closed