MADRID, 8 DE JUNIO. PEPE MORAL Y “CHAPARRITO”, EL TOREO GRANDE Y LA BRAVURA CON CLASE

Seis toros de Aldolfo Martín. El Cid, Pepe Moral y Ángel Sánchez, que tomó la alternativa. El toreo y la bravura. Torear hasta donde la embestida lo consienta, embestir hasta donde el torero ordene. Torear con el alma, embestir con sed. Así es el toreo. Así lo fue el día 8 de junio, cuando ese gran torero llamado José Moral se encontró con un toro de paradigmática bravura llamado  “Chaparrito”.

El hombre toreó con hondura y temple, el animal embistió con bravura y clase. Pero además había otro protagonista, ese público taurino que antaño mereció el título de respetable, un público de embriagada lucidez, que también toreó, que vivió la faena dentro del torero y dentro del toro. Pues naturales y redondos eran inmensos, acompasados, templados, ni demasiado ajustados ni tampoco distantes, ni bajos ni altos porque Moral, colocado en el sitio exacto, citando con absuluta perfección, entregando la muleta por delante para que la bravura se embebiera y rematando los larguísimos y acompasados pases hacia adentro, no toreaba al toro sino a sus ojos, a su mirada iluminada de valor bravío, a su envite sereno, entregado, indiferente a todo lo que no fuera el engaño que lo retaba. ¡Qué gran faena, cuánta firmeza del torero en la planta, qué llamada tan viril con el medio pecho por delante, qué temple tan fluído en la cintura, en los brazos, en las muñecas, y qué arte tan elegante y tan recio! Hombría en el torero y bravura en el toro. Toreo hasta le extenuación de ambos. ¿Qué más se puede pedir? Que Moral hubiera matado a “Chaparrito” (nombre de resonancia mexicana, como su despaciosa clase) a la primera, pues entonces habría cortado dos orejas. Pero como lo hizo de un buen pinchazo y una certera estocaada, solo cortó una. Para mí, aficionado a la antigua, la faena era de dos y el toro de indulto. Por fortuna, dio igual: el toreo banalizó el premio.

Pero en esta auténtica tarde de toros hubo más. Dos cogidas, una grave, la de EL Cid, que venía a por todas y fue volteado y prendido cuando ordenaba la encastada y díscola embestida de su primer toro. Y otra,  la de Ángel Sánchez, sin más consecuencia que la de nublar sus facultades físicas y mentales. Una pena, nos privó de paladear el buen trazo que se le había advertido en sus tardes de novillero. Pero en esta ocasión no supo, o no pudo, paladear las tardas pero nobles embestidas de su primero, ni encarrilar las tardas y encastadas de su segundo.

La corrida de toros es algo más, mucho que un espectáculo, más que un deporte, más que un juego, más que un sacrificio. La corrida de toros es un arte único, de comunión, donde todos son Uno, el torero, el toro y el público.

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