TORAZOS Y BUENOS TOREROS

Fueron seis pero parecían doce. Tenían casi seis años. Los pitones eran una réplica duplicada de la Torre Eiffel. Promediaron 577 kilos en una báscula herrumbrosa. Torazos así no los mataba ni Frascuelo. Pero eran nobles, su fondo de bravura pudo con su peso, su fijeza era tal que respondieron a los toques con fidelidad milimétrica. Y como los toreros, Octavio Chacón, Javier Cortés y Tomás Campos, no fueron a Madrid a pasar la tarde, Las Ventas vivió una auténtica corrida de toros.

Lo malo fue que la vivieron pocos. En la ciudad, por estas fechas, los madrileños abarrotan las carreteras de vuelta a casa o esperan a las nueve de la noche para salir a la calle. En la plaza había gente de los pueblos, unos pocos aficionados impenitentes, algunos del tendido 7 y varios grupos de turistas. Conclusión: en Madrid solo llena San Isidro o las figuras. Para explicar el fenómeno, mejor otro día.

Octavio Chacón es buen torero. Muy pedagógico con los toros, los enseña a embestir, los envuelve en su gran capote de poco vuelo, pero cuando se reune también sus lances son más pedagógicos que cabales. Los aficionados del 7 paladean complacidos su toreo, a veces dicen “bieen” y la plaza toca unas palmas. Cuando los pone al caballo, les  da tanta distancia que quedan fuera de suerte y el 7 ovaciona, pero si el toro es bravo, como los de ayer, al paso se coloca en su sitio y acude al piquero. Con la muleta, más de lo mismo. Muy sabios sus muletazos de iniciación, más despegados los de toreo. Su perimero, que se asfixiaba con los kilos, le permitió darlos de uno en uno, y eso estuvo bien, pero su segundo, que era muy codicioso y muy fijo, le exigió dejársela puesta entre pase y pase, lo que hizo con destreza y despego. Yo no me atrevo a criticarlo, porque el toro era el buey Apis. Le pidieron la oreja y dio la vuelta al ruedo.

Javier Cortés es otra cosa. Torea al torazo como si fuera un torito, se pone ante el marrajo (ayer le tocó el peor lote) como si fuera bravo y noble. Y su toreo tiene un trazo de privilegiada calidad. Apuesta en el cite con el pecho entregado, cimbrea su cintura a partir del embroque, la quiebra al acompañar la embestida y entrega a su muñeca el viaje del toro para rematar por abajo. Así lo hizo con el malo, su primero, calamocheador a la defensiva, y con el menos malo, se segundo, de correosa e intermitente bravura. Tras la muerte de este, le pidieron la oreja y dio la vuelta al ruedo.

Tomás Campos atesora buenas formas toreras. Pero tiene sello de gran torero, no de figura. ¿Por qué? Porque al torero figura lo sostienen dos cualidades, la del artista y la del guerrero, y al buen torero solo la del artista. Campos presentó ayer su credencial de artista, aunque sin pasarse, y no quiso ir a la guerra, le faltó esa sobredósis de entrega que disloca a los públicos, actuó como si estuviera sobrado. Dejó buena impresión mas no triunfó. Con la espada, deficiente.

La corrida de Montalvo fue importante. Con cincuenta kilos menos por barba, habría sido de escándalo. Enhorabuena al ganadero.

Los comentarios están cerrados.