NOVILLADA SAN ISIDRO. LAS EMBESTIDAS NO SE REGALAN

La novillada era de La Quinta. O sea, «santacolomas» muy asaltillados. O sea, bravura ibarreña y calidad asaltillada. O sea, novillos-toros con mucho que torear. ¿Y qué quiere decir mucho que torear? Sólo una cosa: que el toro de La Quinta no regala sus embestidas, que hay que saber entender sus envites, modularlos, pulirlos, transformarlos en viajes acompasados, imantados a los engaños.

Y eso, ¿cómo se hace? Marcando la distancia precisa en línea recta para que la inercia transforme una embestida en varias; sustituyendo el toque por la distancia; imantando el engaño a la arrancada sin traicionar nunca la línea natural del viaje; acompasando el temple a la velocidad propuesta por el animal; tapando siempre el mundo a los achinados ojos del «saltillo» de poco párpado, que ven más y descubren al hombre; y rematando siempre los pases por abajo para que el animal no pierda la ilusión de atrapar el objeto que lo reta y no se aburra.

¿Supìeron torearlos los novilleros? Sí Ángel Jiménez a su primero, al que acarició por redondos y naturales que el público no valoró. También Francisco de Manuel, que toreó muy bien a la verónica y mostró una amplia paleta de registros muleteros con el complicado sexto. Pero quien no supo entenderlos fue precisamente «El Galo», un joven francés forjado en México, donde predomina este encaste. En su favor cuenta una actitud bullidora, muy de novillero valiente e inexperto.

El público apreció el vibrante juego de los novillos -por peso y trapío, verdaderos toros de antaño- en los dos primeros tercios, y no supo verlos en la muleta, porque los novilleros-en general- no supieron mostrarlos. Y es que los «santacolomas» asaltillados no regalan sus embestidas: hay que saber forjarlas.

El buen aficionado saboreó la tarde, el resto -presuntos aficionados y espectadores ocasionales- me temo que no.

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