SAN ISIDRO 26 : EL ARTE DE PACO UREÑA

No hay empeño más inutil que explicar el arte. Es una disección frustrada. Puede analizar los elementos que lo componen, pero su suma siempre arroja un resultado inexplicable. La belleza es incorpórea, inorgánica, indescifrable, un misterio desde el principio de los tiempos.

Esta obviedad viene a cuento de Paco Ureña. ¿Qué pasó con Paco Ureña en la plaza de Madrid el 15 de junio? ¿Por qué hipnotizó a sus dos toros? ¿Por qué el público se deleitaba en los cites de lances y pases de medio pecho y tela mostrada con naturalidad, se desgarraba en los embroques cuando toro y torero se reunen, y se desfondaba extasiado en los templadísimos y alargados remates? ¿Era por esa mezcla de fragilidad y poderío, de humildad y empaque, de gracia doliente que lo caracterizan? ¿Era porque su valor hace sentir el miedo? ¿Era porque convierte en armonía el caos del toro? ¡Qué verónicas de plomada y desmayo! ¡Qué naturales de caricia y pellizco! ¡Qué trincherazos, qué pases de la firma, qué estatuarios, qué torería!

Con Ureña alternaron Sebastián Castella y Roca Rey, quienes por el hecho de ser figuras y haber llenado la plaza fueron boicoteados toda la tarde. Sebastián se mostró gris y plano frente a dos mansos y Andrés estuvo valiente y enfibrado frente a otros dos mansos. La deslucida corrida, de Victoriano del Rio, fue protestada, salvo cuando aparecían en el ruedo los toros de Ureña, que no eran ni más grandes ni tenían más cuernos. ¿Por qué? Porque los aficionados ultras de Madrid odian a las figuras y Ureña no lo era hasta que terminó la corrida. ¿Le seguirán amando la temporada próxima? Por su bien, desearía que no.

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